Scriptus Naturae. Torralba, A., 1998.- III Curso de Iniciación a la Entomología. Natura nusquam magis est tota quam in minimis. Ed. Asoc Natur. Altoaragon. Onso, 47 pp.
II. La especie.Conceptos
asociados.
II.1. Categorías taxonómicas
supraespecíficas. Filogenia.
Como de una forma más o menos implícita
insinuábamos antes, cualquier tipo de estudio en Entomología
(en realidad, cualquier tipo de estudio en Biología), debe
tener una cierta base taxonómica. Si no sabemos el nombre
de los animales (o plantas) con los que trabajamos, nos resultará
bastante difícil sacar algo en claro de nuestros estudios.
La Taxonomía o, mejor dicho, los taxónomos, son
los que se encargan de poner algo de orden a la inmensidad de
la vida, intentando averiguar las relaciones filogenéticas
existentes entre los distintos organismos.
Para conseguir esto se han ido creando una
serie de categorías artificiales que no son sino simples
entelequias mentales producto, una vez más de nuestra mente
compartimentalizadora, que busca esquemas lógicos que le
permitan reducir la enorme diversidad existente a algo más
sencillo y, por ello, medianamente comprensible. Podemos hacer
una excepción a esto con la especie, que si que parece
ser algo "natural", aunque sobre ello volveremos más
adelante. Las categorías a las que antes me refería,
ordenadas de más amplia a menos (en negrita las principales),
son:
Phylum
Superclase
Clase
Subclase
Superorden
Orden
Suborden
Infraorden
Superfamilia
Familia
Subfamilia
Tribu
Subtribu
Género
Subgénero
Especie
Subespecie
Como se puede comprobar en este esquema de
categorías enlazadas, un género sería un
conjunto de especies relacionadas; una familia sería un
conjunto de géneros relacionados, un orden un conjunto
de familias, una clase un conjunto de órdenes y un phylum
un conjunto de clases, todo esto guiado por nuestros conocimientos
en evolución, ya que se pretende que la clasificación
se asemeje lo más posible a la filogenia de los distintos
organismos.
El phylum, la categoría superior,
representa un plan estructural básico y los diversos phyla
están agrupados en reinos. Desde el principio de los tiempos,
los humanos dividieron la Naturaleza viva en dos grandes reinos
Animal y Vegetal; incluyendo en el primero a los seres vivos que
se movían y se alimentaban de otros seres vivos, mientras
que colocaban en el segundo a los que no se movían y se
alimentaban "de la tierra y la luz". Cuando se descubrieron
los microorganismos, estos se asignaron a uno u otro grupo según
se movieran o hicieran la fotosíntesis. El problema surgió
con los que se movían y realizaban la fotosíntesis
al mismo tiempo, algo que no encuadraba dentro de ninguna de las
categorías anteriores.
Así las cosas, WHITTAKER en 1979 planteó
su famoso esquema de los cinco reinos: Animalia (los animales
"clásicos"), Plantae (los vegetales con tejidos
conductores, aunque estos sean rudimentarios), Fungi (los hongos),
Protistas (microorganismos unicelulares eucarioticos y algas)
y Monera (microorganismos procariotas), poniendo especial énfasis
en que la división principal de la vida estaba entre los
procariotas (células sin membrana nuclear)y los eucariotas
(con células que si presentan membrana nuclear).
Después de esto, los trabajos de CARL
WOOSE secuenciando ácidos nucleicos han separado todos
los seres vivos en tres grandes dominios (categoría por
encima del reino): Bacteria, Archaea y Eucarya; estando más
próximos filogenéticamente (siendo grupos hermanos,
según la terminología cladista) estos dos últimos,
tal y como se puede apreciar en el siguiente gráfico.
También se ve en ese dibujo que los
reinos "clásicos" son más que unas pequeñas
ramitas del gran árbol de la vida, aunque son las ramitas
que mejor conocemos. En cuanto a los Artrópodos (que son
los que nos interesan en este momento, puesto que a ellos está
dedicado este curso), son un filo (el más importante en
cuanto a número de especies e individuos, y uno de los
más antiguos) del reino Animalia, una de las ramas del
dominio Eucarya.
Y una vez colocadas en su sitio las categorías
supraespecíficas, deberemos enfrentarnos con la piedra
angular de la Biología, el concepto de especie.
A uno le podría parecer que, ya que
todo biólogo, sea cual sea su campo de estudio, debe trabajar
de algún modo con especies, se debería tener claro
en todo momento que cosa sea una especie. Sin embargo esto dista
mucho de ser así. Se han ido dando, a lo largo de la historia,
numerosos conceptos de especie, todos ellos válidos en
el momento en el que fueron enunciados, pero que han ido quedando
desfasados por paso del tiempo o están actualmente en discusión.
A continuación se enumeran una serie de definiciones para
dicho concepto (las tras últimas tomadas en parte de CASARES,
(1998), que reflejan el pensamiento que en cada momento se tenía,
no sólo sobre lo que era una especie, sino también
sobre la vida en general.
El concepto morfológico de especie
fue el que se usó hasta que la evolución se convirtió
en el paradigma científico en el que se basa al Biología
actual. Este concepto postula que las especies se pueden definir
en base a unos caracteres taxonómicos tipo que representan
la esencia de cada especie; por tanto, basta con tomar un ser
vivo, describirlo tal y como se nos presenta, y todos los que
concuerden con esa descripción serán de su misma
especie, siendo de distintas especies aquellos que difieran. En
este contexto, la variación intraespecífica no son
más que sombras en la caverna, mal menor antes de llegar
a la esencia de la especie (planteamiento totalmente platónico).
Por desgracia, este criterio, que debería haber sido ya
totalmente relegado a la Historia de la Ciencia, sigue vigente
en los trabajos de algunos taxónomos (algo que ellos negarían
rotundamente), que a la mínima diferencia con el ejemplar
tipo describen nuevas subespecies y/o especies, mal bastante extendido
que sólo consigue enredar las relaciones interespecíficas
y dificultar el estudio de los distintos grupos.
El concepto nominal de especie, que
tuvo en Darwin a uno de sus máximos defensores, postula
que no existen las especies, solo los individuos concretos, y
que la especie no es más que una abstracción hecha
"para entendernos" contingente al momento actual y carente
de significado en el tiempo. sin embargo, a la hora de enfrentarse
a la práctica cotidiana, los nominalistas describen especies
no sólo en el momento actual (algo que concordaría
con su concepto de especie) sino también en el registro
fósil, algo no coherente con ese concepto. Actualmente
este concepto parece descartado.
El concepto biológico de especie;
enunciado por MAYR en 1963, que la define como el "conjunto
de poblaciones que real y potencialmente pueden reproducirse entre
sí, pero que están aisladas de otros grupos similares".
Está basada en el "aislamiento" entre especies,
algo muy aceptado en teoría pero con numerosísimas
excepciones en la práctica. Presenta además problemas
con especies de distribución espacial o temporal amplia,
y con organismos de reproducción asexual.
El concepto de reconocimiento de especie,
enunciado por PATERSON en 1985, que la define como el " conjunto
de individuos y poblaciones que comparten un mismo sistema de
fertilización", es decir, de reconocimiento entre
individuos de distinto sexo y de compatibilidad ente los genes
aportados por cada uno. Bastante similar al anterior, presenta
los mismos inconvenientes.
El concepto evolutivo de especie, que
la define como el conjunto de poblaciones que comparten un destino
evolutivo común a lo largo del tiempo. Consigue soslayar
los problemas de las definiciones anteriores, pero presenta uno
nuevo: ¿qué se entiende por destino evolutivo común
a la hora de considerar organismos vivos?
Una vez que agrupamos a los organismos por
especies, se nos presenta el problema de que nombre ponerle a
cada especie, para poder hacer referencia a ella más adelante.
más adelante. Al principio se intentó dar nombres
vulgares a todas ellas, o se las intentó describir abreviadamente
mediante una frase que resaltara sus características más
conspicuas [MONSERRAT, ¿?]. Tras varios intentos de varios
autores, se acabó aceptando el sistema binomial de Linneo,
establecido en su obra Systema Naturae, cuya décima edición
(1758) sirve como punto de partida.
Este sistema asigna a cada especie un nombre
compuesto de dos palabras. La primera, escrita con mayúscula
la primera letra, es el nombre del género; mientras que
la segunda, en minúsculas, es el epíteto específico.
Ambas se escriben en cursiva o, si lo escribimos a mano
o en una máquina antigua que no nos permite usar cursivas,
subrayado. En el caso de que todo el texto circundante
esté escrito en cursiva, el nombre científico se
escribe normal. Obviamente, el nombre científico está
escrito en latín o latinizado.
En el caso de que la haya, la subespecie se
escribe a continuación también en cursiva y sin
ninguna palabra intercalada (hecho este que diferencia el Código
Internacional de Nomenclatura Zoológica del Código
Internacional de Nomenclatura Botánica, en el que aparece
la abreviatura subsp. intercalada). Según el CINZ, no tienen
validez los táxones infrasubespecíficos.
Tras el nombre del taxón específico
se incluye el nombre del autor y el año en que fue descrito
por vez primera, poniéndose el nombre del autor entre paréntesis
si no lo describió en el lugar que ocupa actualmente.
Los nombres científicos revelan datos
interesantes, no sólo sobre la especie en cuestión,
sino también sobre el científico que la describió.
Así abundan los nombres científicos referidos a
personajes de la mitología grecorromana, sobre todo en
Lepidópteros [TORRALBA, en prensa]. Por ejemplo, dentro
de la familia de los Papiliónidos, nos encontramos con
Iphiclides podalirius y Papilio machaon, dos bellas
mariposas cuya similitud nos recuerda Linneo al ponerles los nombres
de dos médicos homéricos. El estudio de estos nombres
científicos nos puede proporcionar, como mínimo,
unos ratos muy interesantes.
Por supuesto que existen nombre científicos
curiosos, a continuación pongo una pequeña lista
de algunos de ellos (sacada de CASTRO [1994], MELIC [1995] y TORRALBA
[1995]):
En cuanto a longitud cabría distinguir
los siguientes géneros: Nematoceroechinogammarus,
Viridiformiechnogammarus, Siemienkiexicziechinogammarus,
Gammaracanthuskotylodermogammarus (creados todos ellos
por Dybowski); aunque se lleva la palma Brachyta interrogationis
nigrohumeralisscutellohumeroconjucta (Plavilstshikov).
En el extremo contrario podríamos encontrarnos
con un pequeño himenóptero llamado Aha ha (Menke).
En el mundo de los insectos las clasificaciones
de especies nuevas son difíciles y, muchas veces extenuantes,
de lo que dan fe Stroudia difficilis, Paravespa gestroi
problematica y Bombus perplexus.
Estarían también los nombres
puestos por entomólogos sin ninguna imaginación
como Coeleumenes secundus, Leptochilus tertius,
Eudynerus nonus (sinonimizado con E. octavus, para
desesperación de los matemáticos). Pero la falta
de imaginación no es sólo un mal que afecta a los
de ciencias, podríamos citar también algunos géneros
del tipo Pirhosigma (Prs en griego).
Naturalmente en la Entomología también
existe el peloteo, la egolatría y el autobombo, del que
podría dar fe el lepidóptero Cartwrightia carwrighti
cuyo autor, un tal Carwright, justifico la semejanza con su nombre
alegando que había dedicado el nombre genérico a
su padre y el específico a su hermano.
Pero sin duda alguna el caso más alarmante
sería el protagonizado por Embrick Strand; en una revista
dirigida por el mismo, y dentro de unos tomos dedicados al editor
de la revista, que casualmente también era él, apareció
un artículo firmado por un tal Jan Obenberger en el que
se describían 92 nuevas especies de coleópteros,
de las cuales 50 llevaban en alguna parte de su nombre científico
un apelativo a Strand, ya usando su nombre, su apellido, ambos
o una derivación de ellos.
Pero no todos los entomólogos han de
ser ególatras, sin imaginación o expresar sus frustraciones
a la hora de clasificar insectos; también hay sitio para
el amor. Un ejemplo de esto serían las arañas Ochisme
y Marichisme (Kirkaldy), aunque desde luego, ignoramos
el romanticismo que pueda despertar una araña.
|
|
|
|
|
|
|
|
Copyright © |